LA CRISIS ENERGÉTICA DE EUROPA

LA CRISIS ENERGÉTICA DE EUROPA

  • Posted by Qveremos
  • On 4th noviembre 2021
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El gran apagón, la posibilidad de que se produzcan cortes de suministro de energía, durante este invierno en algunos países europeos, ha llegado a convertirse en un tema cotidiano de conversación durante este último mes. La chispa la encendieron los gobiernos alemán y austriaco al alertar sobre posibles cortes de suministro eléctrico y de gas en sus países durante el invierno que está a punto de comenzar. Pero la mecha ya estaba cargada desde la escalada sin precedentes que sufre toda Europa del precio de la luz debido al alza de los costes del gas y las dificultades de abastecimientos de materias primas y manufacturadas que en general están sufriendo todos los países.

En realidad, más que del gran apagón, debemos hablar del oscuro futuro energético que se cierne sobre Europa y de las importantes consecuencias económicas y políticas que puede comportar.  La estrategia energética de la Unión Europea se puso en marcha en 2015, como una de las grandes prioridades de la Comisión presidida por Juncker. En ella se pretendía acelerar la transformación del mercado energético europeo desde una Europa del carbón y el petróleo a una Europa verde que trajera consigo una reducción significativa de la emisión de CO2, al tiempo que se dotaba a Europa de una política energética “secure, sustainable, competitive and affordable”. El plan implicaba reducir drásticamente la producción de energía mediante fuentes fósiles y dar un impulso definitivo a la inversión en energías renovables en toda la Unión. Todo ello intentando aprovechar un contexto singular de bajos precios de gas y petróleo que hacían de esta ocasión “a historic opportunity (…) to reset the EU´s energy policy in the right direction: that of an Energy Unión”, en palabras del propio plan Junkers (A Framework Strategy for a Resilient Energy Union with a Forward-Looking Climate Change Policy).

Es probable que los políticos de la Comisión Europea pecaran de optimismo y de un voluntarismo “naif” ante la presión de los grupos ecologistas que pueblan los centros de poder para imponer su ideología. Lo cierto es que la Unión Europea en 2015 era el mayor importador de energía del mundo, siendo necesario entonces adquirir en el exterior el 53% de sus necesidades energéticas. Sólo 7 años más tarde después de la puesta en marcha de la política energética europea, en 2021, la dependencia energética de la Unión con respecto al exterior, lejos de disminuir, ha aumentado hasta llegar al 61%. ¿Qué ha pasado? El problema ha sido, en gran medida, el morir de éxito: la presión ejercida desde la Comisión fue secundada por el resto de Estados y, así, la energía procedente de combustibles fósiles se ha reducido de manera significativa en un intervalo de tiempo demasiado corto (de 232 millones de toneladas en 2015 a 169 en 2019), mientras la demanda aumentaba y no se cubría con el crecimiento de las energías renovables (de 198 mill/Tn en 2015 a 229 en 2019). De esta forma, el gap creado ha tenido que ser cubierto por otras fuentes de energía, como son el petróleo y, más aún, el gas natural, fomentado por ser menos contaminante (el petróleo ha pasado de 525 mill/Tn en 2015 a 545 mill/Tn en 2019, y el gas, de 283 en 2015 a 335 mill/Tn en 2019). A eso debemos sumar que la energía nuclear ha sufrido también un ligero descenso. Con todo ello, pese a los planes de la Comisión, el petróleo se ha mantenido como la fuente de energía más importada por la UE, al tiempo que el gas alcanzaba récords históricos y se situaba en segunda posición (Fuente: Eurostat. Energy Statistics -an Overview. May 2021).

Es cierto que en el informe final del Consejo Europeo recientemente celebrado en Bruselas (26 de octubre de 2021) se subrayaba que por vez primera las fuentes de energía renovables habían superado a las de origen fósil en la producción de energía eléctrica (38% de las renovables frente al 37% de las fuentes de energía fósil) y que se ha logrado reducir en un 35% la emisión de gases de efecto invernadero con respecto a 1990. Todos estos son importantes hitos, pero parecen insuficientes para compensar lo que Europa se ha dejado por el camino. Así, el planteamiento ideal hecho desde Bruselas, audaz o quizá temerario, ha llevado a dar un salto adelante en la implantación de las energías verdes a costa de poner en grave peligro la seguridad energética y política de toda la Unión. La realidad es que la anhelada seguridad e independencia energética se ha visto sustituida por una mayor vulnerabilidad y exposición frente a los países exportadores de petróleo y gas natural, entre los que destaca Rusia (que cubre el 41,1% del gas y el 26,9% del petróleo importado por la Unión Europea), seguida de Iraq, Nigeria, Arabia Saudí o Argelia. Todos ellos, y especialmente Rusia, son conscientes de la importancia geoestratégica que ahora mismo poseen para Europa. Rusia especialmente no ha tenido ni tendrá inconveniente en emplear ese poder e influencia para la consecución de sus objetivos, teniendo como aliado una vez más al invierno. Ese fue el caso del corte de suministro a Ucrania en los inviernos de 2006 y 2014. Ahora, en 2021, de nuevo, esa misma arma la está actualmente esgrimiendo contra el gobierno prodemocrático de Moldavia. Es más, este es un temor que todos los inviernos pende como una gran amenaza sobre las repúblicas bálticas.  Es cierto que Rusia necesita las divisas que le proporciona el comercio de gas y petróleo con Europa, pero en los últimos tiempos las demandas energéticas de China le permiten actuar con mayor libertad frente a Europa, hasta el punto de que las autoridades europeas, en la persona de Josep Borrell, ha acusado recientemente a Rusia de retener intencionadamente el suministro a Europa y desviarlo a China. A todo ello responde también la construcción de dos grandes gaseoductos (Power of Siberia 1 y 2) con los que se pretende asegurar las demandas de suministros de gas encargadas desde China, quien también está en el proceso de abandonar completamente el empleo del carbón para la producción de energía, por lo que sus necesidades internas de gas y petróleo han aumentado considerablemente. En el otro extremo del continente, España está sufriendo una situación similar con respecto a Argelia. Nuestro país es uno de los más dependientes de Europa y debe importar un 75% de sus fuentes de energía. En esa situación, Argelia ha tenido fácil imponer al gobierno de España su apoyo frente a Marruecos en el conflicto que mantiene con el país alauí y que se ha recrudecido en los últimos meses.

No hay duda de que la Unión Europea se encuentra frente a uno de sus mayores retos: conseguir mantener alta la bandera de la defensa del medioambiente al tiempo que logra hacer realidad su independencia energética, salvaguardando su libertad frente a injerencias externas en sus decisiones políticas. Para ello es imprescindible hacer compatible sus objetivos sobre CO2 con un relanzamiento de la energía nuclear a la espera de la llegada de la auténtica solución que será, sin lugar a dudas, la generación de energía por fusión, siendo inaplazable impulsar con gran fuerza el proyecto ITER. Todo ello va a requerir un equilibrio y un enorme esfuerzo a medio y largo plazo, que va a ser especialmente complicado frente a las presiones tanto de los adalides del ecologismo totalitario como frente a los modelos políticos totalitarios que desprecian y aspiran a acabar con el proyecto europeo y reconocen a Occidente como el enemigo a batir. Pero quizá para eso hará falta una nueva hornada de políticos que sepan mirar a la cara a sus votantes mientras les explican con sinceridad la difícil encrucijada en la que nos encontramos.

 

 

Imagen: El País.

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