EL HOMBRE COMO PROBLEMA PARA LA TIERRA

EL HOMBRE COMO PROBLEMA PARA LA TIERRA

  • Posted by Qveremos
  • On 3rd septiembre 2019
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  • animalismo, Cambio climático, El Rey León, Greta Thunberg

El verano de 2019 nos ha dejado tres eventos reveladores de lo que podemos llamar el “discurso medioambiental”. Estos eventos han sido: i) el periplo de la joven sueca Greta Thunberg en su empeño por poner el foco en la “crisis del clima”; ii) la recomendación de la ONU de reducir el consumo de carne como medio para luchar contra dicha crisis del clima, unida a la salida a bolsa de una empresa dedicada a fabricar carne sintética; y, iii) el estreno de la película de “El Rey León”.

Estos eventos ejemplifican los ejes principales del discurso medioambiental: la lucha contra la “crisis del clima” y la humanización de los animales, vinculados ambos por el vegetarianismo. Todos ellos incorporan una visión negativa del hombre, que queda desplazado del centro de las políticas por lo que podríamos llamar “el ambientalismo”.

Debemos proteger la naturaleza que heredamos de nuestros padres y vamos a legar a nuestros hijos. Pero qveremos hacerlo manteniendo al hombre en el centro de las políticas medioambientales.

EL HOMBRE COMO PROBLEMA

Primero se llamó “cambio climático”. Después, “calentamiento global”. Ahora, la “crisis del clima” se ha convertido, sin duda, en uno de los núcleos del debate político, que en ocasiones llega a unos niveles de enconamiento que lo alejan del concepto de “debate”. Sirva como ejemplo el duro cruce de acusaciones y reproches entre los presidentes de Brasil y Francia a finales de agosto en torno a los incendios en la Amazonia.

En esta discusión, el foco se situó en un principio en el problema del calentamiento global, para después discutir sobre el efecto del ser humano en el mismo y finalmente llegar al estado actual, en el que el consenso parece ser que el ser humano es nocivo para el medio ambiente. Esto ha llevado a propuestas y políticas en las que el hombre es considerado un problema, una amenaza, y que debe ser “reducido” o incluso “eliminado”.

Se ha perdido el foco: no se busca ya impedir, revertir o aminorar el cambio climático por el bien del hombre, sino por el bien de la naturaleza en sí. O, más bien: para algunas personas, que quieren una naturaleza a su gusto, otros pueblos y seres humanos han pasado a ser un estorbo. Al convertirse el hombre en el problema, se justifican medidas aberrantes como el “control de la natalidad” en países subdesarrollados en pro del clima, o se subordinan los intereses y condiciones de vida de comunidades enteras a la conservación de determinados entornos.

La naturaleza y el medio ambiente deben ser protegidos y cuidados, pero no puede elevarse esta protección hasta el punto de que a su sombra se desvanezcan los derechos humanos de comunidades enteras.

La protección del medio ambiente es una responsabilidad del ser humano, pero es una responsabilidad para con el propio ser humano: frente a nuestros antepasados, de quienes hemos recibido un medio que debemos conservar, mejorar y promocionar; frente a nuestros coetáneos, con quienes debemos compartir equitativamente las cargas y beneficios ambientales, y frente a las generaciones futuras, a quienes debemos dejar una naturaleza al menos igual de sana que la que recibimos, cuando no más.

El ser humano debe estar siempre en el foco de las políticas medioambientales. Éstas deben siempre considerar el coste humano de su implementación, para tratar de reducirlo en la medida de lo posible. La finalidad de la actuación medioambiental debe tener siempre en cuenta la triple responsabilidad antes mencionada, y particularmente debe equilibrar los intereses de las generaciones presentes y las futuras.

El periplo de Greta Thunberg ilustra bien cómo a muchos gurús del “ambientalismo” ha dejado de importarles el ser humano, al que están dispuesto a sacrificar en el altar del clima, cuando no de otros intereses menos nobles. Así, a finales de agosto surgieron una serie de investigaciones que revelaban los lazos que unían a los promotores de la imagen pública de esta niña (incluso sus propios padres) a intereses empresariales y políticos, y que ponían en duda el carácter desinteresado del movimiento surgido en torno a ella. Si a esto se añaden las dudas sobre la integridad psíquica de la niña (diagnosticada con un trastorno del espectro autista), y la explotación de su debilidad por los prebostes del clima, queda claro que las personas en concreto han dejado de importar.

Debemos centrar las discusiones en cómo abordar la conservación de la naturaleza para mejorar las condiciones de vida de otros pueblos y comunidades ahora, y al mismo tiempo dejar a las generaciones siguientes un entorno sano y sostenible. Eso no significa la intangibilidad del medio: el ser humano tiene una serie de necesidades (energéticas, de alimentación, de desarrollo urbano y regional, etc.) que deben poder cubrirse, y la conservación del medio ambiente debe ser un factor a considerar, no obstáculo en la satisfacción de esas necesidades.

 

EL ANIMALISMO

El animalismo es, sin duda, uno de los movimientos sociopolíticos más importantes de los últimos tiempos. Ha logrado modificar la conciencia social en cuanto a la posición del ser humano y los animales se refiere, hasta el punto de condicionar legislación, acaparar el debate público y convertirse en causa de restricciones a la libertad individual en aspectos que en nada afectaban a otras personas (v.gr. caza, tauromaquia, ganadería, etc.). Se ha llegado a proponer dejar de considerar a los animales como “cosas” jurídicamente hablando, e incluso a que algunos, como los grandes primates, pasen a ser sujetos de derecho.

Simplificando, el animalismo se funda en la consideración de los animales como homólogos al ser humano, o en la contemplación del ser humano como un animal más. No puede dejar de recordarse la declaración de una líder de este movimiento en España, quien consideró que la decisión “entre tu madre o tu perro” es “el eterno dilema” (y los episodios del famoso perro Excalibur y el célebre león Cecil son ejemplo de ello).

En palabras de Rubén Amón: el hombre ya no es un lobo para el hombre, sino que el lobo es un hombre para el hombre. Se alcanza así una visión en la que el ser humano es una amenaza para los animales, y debe ser controlado en beneficio de estos.

A este movimiento han contribuido sin duda un alejamiento cada vez mayor de las poblaciones urbanas de la realidad rural, así como la presentación de los animales con atributos humanos. Vídeos en que se ve a leones “jugando” con crías de gacela (y que omiten el culinario final de éstas para el deleite de aquéllos) y otros semejantes se han convertido en “virales”, y han dispersado una imagen distorsionada de la naturaleza.

La nueva película de “el Rey León” es un ejemplo de ello: se ha generado digitalmente (y con gran verosimilitud) a los protagonistas de la oscarizada película de dibujos animados, y se le ha puesto en el mundo anglosajón la etiqueta de “live action”, o “acción en vivo”. En este proceso creativo, sin embargo, se conservan los atributos humanos de Simba y compañía, como la expresividad facial o el carácter: la prosopopeya. El resultado, más allá de lo artístico o cinematográfico, es un retrato por completo imaginario de una naturaleza que, no obstante, se quiere mostrar como verídica.

Debe recuperarse la visión antropocéntrica del mundo: los animales no son sujetos de derecho, y no están al nivel de hombre. La actitud del hombre hacia los animales no debe ser una de “protección” para garantizar su intangibilidad, como con la infancia, sino de responsabilidad.

Responsabilidad en su utilización, cuando se trate de animales domésticos o de uso agrario. Responsabilidad en su explotación, cuando se trate de animales para alimentación u otros usos. Responsabilidad en su conservación como manifestación de la biodiversidad y parte integrante de la naturaleza, y por tanto directamente vinculada a lo que hemos expuesto en el punto anterior.

 

Los ejes expresados (crisis climática y animalismo) tienen en común que han desplazado el foco del debate y de las políticas públicas que promueven. El centro ya no es el hombre, sino otros intereses, normalmente defendidos por grupos de presión que han capitalizado la atención mediática y monopolizado la captación de fondos y que llegan a confundir sus fines particulares con los que dicen promover.

Nosotros qveremos recuperar al ser humano en el centro. Qveremos que la protección de la naturaleza sea una manifestación de la triple responsabilidad del ser humano para con las generaciones pasadas, presentes y futuras. Qveremos compatibilizar la protección de la naturaleza con el desarrollo humano, de modo que ni la primera sea una barrera infranqueable ni el segundo una carta blanca para un desarrollo insostenible. Qveremos que los hombres sean hombres, y los animales, animales. Qveremos, en fin, una política medioambiental cuyo centro sea el hombre.

1 Comment

Isabel
Muy acertado el enfoque, muchas gracias.

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