Cataluña: 27-S, punto de inflexión

En 1992 el mundo miró a España: los juegos olímpicos de Barcelona proyectaban una imagen de modernidad. Era aún reciente la incorporación a la Unión Europea, y España comenzaba a mostrarse al mundo como una nación unida, que había dejado atrás sus tensiones sociales y políticas. En la ceremonia de inauguración en el Estadio Olímpico de Montjuïc se formaba un inmenso mosaico en el que podía leerse “Viva España”, y el entonces Príncipe Felipe hacía su entrada como abanderado del equipo olímpico nacional. Barcelona era el escaparate de España ante el mundo.

En el mismo escenario, tan solo 23 años después, el himno nacional sufre una tremenda pitada durante la final de la Copa del Rey. Don Felipe aguanta estoicamente, al tiempo que el Sr. Mas se sonríe con complicidad. El nacionalismo radical ha ganado terreno, y planea una ruptura unilateral con la nación. ¿Cómo es posible semejante vuelco en la política y en la sociedad catalana? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

 

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“Qveremos Cataluña” por P.W. para Qveremos.

 

Privilegio y debate identitario

Se sorprendería Pi y Margall -que en “Las nacionalidades” abogaba por regenerar España desde Cataluña- si viese el devenir del nacionalismo catalán: años de educación nacionalista y de manipulación desde los medios de comunicación públicos han acabado por alzar al poder a los políticos más radicales y rupturistas. Políticos que han utilizado la frustración de la sociedad catalana ante la crisis de valores y económica que sufrimos, para capitalizar el orgullo catalanista en contra de la supuesta opresión del Estado español. La radicalización progresiva de los políticos, se confunde en ocasiones con la huida hacia delante del principal partido nacionalista (Convergencia), que desvía así el foco de atención de la corrupción que asola el partido, en especial en la persona de su fundador y su familia.

La consecuencia de este proceso es que la sociedad catalana se encuentra hoy más dividida que nunca: desde hace unos años los políticos en Cataluña se dividen entre “independentistas” y “constitucionalistas”, cualquier otro debate político –la administración económica, la lucha contra la corrupción, la gestión sanitaria o la educación- se ve ahogados en el debate identitario. Romper con el resto de España es la “solución” para todos aquellos males que aquejan a la sociedad catalana. Con una audacia rayando en el absurdo, algunos políticos nacionalistas llegan a afirman que en Cataluña desaparecerán “los corruptos” tras la independencia.

Pero el verdadero “mantra” de los últimos años ha sido aquel de “España nos roba”. Desde el surgimiento del nacionalismo a finales del siglo XIX, el aspecto económico ha estado intrínsecamente unido al “sentimiento”. Ha sido en las dos zonas de España que antes se industrializaron -atrayendo a numerosísimos inmigrantes de otras regiones, que colaboraron en su desarrollo- donde ha prendido la ideología nacionalista: la construcción de la propia identidad por rechazo a lo foráneo, y la defensa del privilegio económico. Políticos ávidos de poder y oligarquías económicas se han beneficiado mutuamente, en una simbiosis que no se ha roto hasta muy recientemente, cuando la propia dinámica interna del nacionalismo rupturista ha acabado por poner en peligro la economía.

Errores de los gobiernos de la nación

Los sucesivos gobiernos de la nación, y los dos principales partidos detrás de ellos, han jugado un papel perverso en el proceso vivido en los últimos años:

  1. Se ha renunciado a un discurso nacional en Cataluña: el PSOE primero, aupando a la dirección a políticos de “sensibilidad catalanista”, abiertamente opuestos al sentir del “cinturón rojo” de Barcelona, en su inmensa mayoría formado por descendientes de inmigrantes de otras regiones de España. El PP después, al defenestrar a Alejo Vidal Quadras para poder gobernar en el 96 con apoyo de CIU.
  2. Al “mercadeo” de competencias se ha unido una completa dejadez en las funciones de control: el gobierno nacionalista se dota de “embajadas” y de una estructura para-estatal, al tiempo que estudiar en español en Cataluña se convierte en una tarea imposible, y los libros de textos dan una versión nacionalista de la historia… todo ante la pasividad del gobierno de la nación que no ha hecho nada para detener semejante “la bola de nieve”. Si acaso alentarla, como hizo el presidente Rodriguez Zapatero impulsando la reforma del Estatuto de Cataluña.

Y la tentación permanece: la solución no pasa por nuevas concesiones. Parece que no hemos aprendido todavía que la ideología nacionalista requiere siempre de nuevas reivindicaciones y de un permanente estado de confrontación.

Desmontando algunos mitos

El nacionalismo difunde ampliamente argumentos falaces, que no encuentran replica en el discurso de los partidos nacionales. No basta con explicar los riesgos económicos de una eventual independencia. Es necesario dar la batalla de las ideas. Revisemos algunos de los eslóganes nacionalistas:

“No puede ignorarse el sentimiento de la mayoría del pueblo catalán, que se quiere independizar”, o “nuestro sentimiento está por encima de la legalidad impuesta por parte de un Estado opresor”:

  1. Más allá de los sentimientos (tan pasajeros) los pueblos se dotan de leyes que aseguran su convivencia en paz: la Constitución prevé con sentido que sobre la unidad de España deciden todos los españoles. Una ruptura unilateral sin tener en cuenta los procedimientos internos sería sencillamente ilegal. La realidad interna coincide con la internacional: la ONU recomienda respetar la integridad de los Estados, y que sean éstos, en su totalidad, los que decidan sobre su integridad y unidad.
  2. Pretender que un 51% de los votos puedan determinar al 49% restante de la población –que se convertirían en “extranjeros” en su propia tierra- es un absurdo que ignora los requisitos de mayorías reforzadas que exigen todas las legislaciones para los aspectos relevantes de la convivencia.
  3. Basar la legislación en los sentimientos juega malas pasadas, ya que obviamente sería difícil negar la independencia al Valle de Arán o a otras regiones o ciudades (¿Barcelona?) que quieran permanecer en España.

“Sin España nos iría mejor económicamente”: es triste constatar el tremendo perjuicio económico que ha provocado el nacionalismo en los últimos años, con miles de empresas trasladándose a Madrid, inversiones congeladas, una sociedad que sufre una “parálisis identitaria”.

España como proyecto ilusionante

El separatismo catalán es hasta cierto punto un síntoma de una enfermedad grave que afecta al conjunto de España: el sentimiento de pertenencia se ha diluido hasta hacerse irreconocible. Parece que tan solo con ocasión de los triunfos deportivos sale a relucir el orgullo de ser españoles.

Pero España no es tan solo una historia brillante, ni la camiseta de un equipo de futbol. España es la casa común, donde construimos juntos nuestra vida. Donde no perdemos nuestra identidad particular, sino que nos enriquecemos mutuamente. Desde donde nos proyectamos a Europa, a Hispanoamérica, al mundo, creando lazos de amistad, culturales y económicos. Decía un escritor que tratar de explicar el patriotismo es como pedir a un hombre que ve arder su casa que enumere todo aquello que pierde. ¿Qué perderíamos cada uno si España se desmembrase?

El 27 de septiembre debe servir a los españoles como acicate para acabar con los muchos complejos que arrastramos, para reformular el Estado Autonómico con sus competencias, para reforzar los sentimientos de unidad y solidaridad. Lo vivido el 27-S debería dar lugar a un punto de inflexión en nuestra historia reciente. El momento en que tomamos conciencia del riesgo real de pérdida de España. Y valoramos lo que decimos al celebrar: ¡viva España! 

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